Abril 2011 Jueves 21

Publicado en por Ibel

De camino hacia la estación, he dicho a mis hijos:
"Daros prisa, hemos de ir a recoger a papá"
 

Mi hjo pequeño, ha abierto sus enormes ojos y con esa inocencia y esa simplicidad tan típica ha preguntado asombrado:
"Pero, ¿por qué, mamá? ¿Acaso papá es un juguete?"

 

Su salida ha conseguido que me pasara mis buenos cinco minutos riendo. Y él, claro, encantado de hacer reir a mamá, aunque no podía ni imaginar qué era lo que yo encontraba tan cómico.

 

Me he visualizado a mi misma, en mis momentos de madre autoritaria, con una mano en la cadera y otra señalando el desorden típico de juguetes en el suelo:

 


"¡Venga! a recoger todo esto!"

 

El verbo recoger da para mucho.

 

Hace un par de dias, estaba con una amiga, la cual también tiene dos hijos.

Éramos, entonces, dos madres y cuatro hijos que a ratos parecian diez mil.

 


Las dos agotadas de tanto repetir "cuidado con esto, cuidado con lo otro, deja esto, deja lo otro, recoge esto, recoge lo otro"

 

Acabamos las dos tomando un chupito (merecido, por supuestísimo) en una terraza, mientras dejábamos que nuestro batallón de hijos hiperactivos hicieran lo que les diera la gana (lo que les diera la gana era mojarse de arriba a abajo en una fuente, revolcarse por la arena, meterse un buen puñado de ésta dentro de la boca, y chillar y reir con toda la energía de la que ellos son capaces. Energia, por otra parte, sacada de sus sufridas madres)

 

Mi amiga, llamó a su marido para que viniera a buscarnos.

 


"Hola, ¿puedes venir a recogerme?"

 

y yo me acerqué al teléfono y dije:

 

"¡Sí! ven a recogerla, que la pobre está por los suelos"

 

Recoger juguetes, recoger padres de la estación, recoger madres del suelo.

 


Recoger los pedazos de algo que se ha roto e intentar arreglarlo.

 

Mi hijo mayor tiene una idea fija: reparar todos los juguetes rotos.

 

Un juguete cae al suelo, se rompe, él recoge todos los pedazos y a base de celo, pegamento, gomas elásticas y laca de uñas, intenta arreglar el objeto, con una pasión y una desesperación que me asombra.

 

Cuando finalmente tenemos que tirar el cachivache, inservible, a la basura, Oscar puede pasarse la friolera de dos dias llorando la ausencia de su perdido juguete.

 


No sirve decirle, en ese momento

"Voy a comprarte otro, y esta vez de mejor calidad"
La pérdida, para él, es tan grande, que no siente ningun tipo de consuelo.

Y llora y se lamenta, por la pérdida del juguete hasta que los dias pasan y ese juguete ya ha pasado a ser un mero recuerdo.

 

"¿Recuerdas ese dia, cuando tuvimos que tirar tu juguete a la basura?"

 

"Ay, si, mamá...lloré mucho. Pero ahora estoy mejor"

 

"Debes saber, que ese juguete era de mala calidad. Cuando las cosas no tienen la calidad suficiente para resistir el paso del tiempo y los golpes, es mejor tirar eso a la basura y pensar en los juguetes que realmente valen la pena" 

 


Los juguetes son como las amistades.

 

Hay amistades de buena calidad, que nunca se rompen, y si por alguna razón caen al suelo y se desmontan, seguro que es fácil reparar el desaguisado.

 

La calidad, en estos casos es lo mas importante.

 

 

Hay amistades que son defectuosas de fábrica.

 

Incluso las que uno piensa que nada malo va a suceder por muchos golpes que reciba.

 

Es de ese tipo de amistad que colocas en la estanteria, junto a las otras, y piensas:

"ah, mira...pues no está mal. Parece buena. Voy a dejarla aqui, junto a las otras"

 

Pero un dia cae estrepitosamente al suelo Uno nunca sabe como ha sido.

 

Te encuentras en medio de la habitación observando estupefacta los fragmentos esparcidos en el suelo.

Recoges.

Miras por donde se ha roto mientras te preguntas

"¿Y como habrá caido? ¿Le habré dado un golpe sin querer, sin saberlo?"

 

Agarras celo, pegamento, gomas elásticas y laca de uñas, y con el mismo fervor de un niño de nueve años, intentas ir colocando los pedazos, uno a uno.

 

Algo sale mal. Uno de los trozos no ha quedado en su lugar.

Vuelves a despegarlo, vuelves a pegarlo.

De nuevo cae de tus manos sin poder evitarlo, y otra vez miras asombrado el desbarajuste creado.

 

Pedazos sueltos, cada vez más pequeños, cada vez más rotos, a tus pies.

 

Al final, la opción solo es una. Recoger. Y a la basura.

 

Y los dos o tres dias necesarios de luto.


"Voy a comprarme otra amistad. Una amistad de más calidad" me digo a mi misma. Pero eso, no me consuela. No al menos en ese instante.

 


La pérdida, en esos momentos es tan grande que no siento ningun tipo de consuelo.
Y lloro y me lamento, por la pérdida de la amistad, hasta que los dias pasan y esa amistad ha pasado a ser un mero recuerdo.

 

"¿Recuerdas ese dia, cuando tuve que tirar esa amistad a la basura?"


"Debes saber, que esa amistad era de mala calidad. Cuando las cosas no tienen la calidad suficiente para resistir el paso del tiempo y los golpes, es mejor tirar eso a la basura y pensar en las amistades que realmente valen la pena" 

 

Y pronto diré:

"Ay, sí... lloré mucho, pero ahora estoy mejor"

 

  

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