Marzo 2011 Miércoles 16

Publicado en por Ibel

 

Soy un desastre como ama de casa. Mi suegra me lo recuerda constantemente, cosa que no me ofende en absoluto, porque dicen que las verdades no ofenden y eso es una verdad como un templo.

 

Cuando era pequeña, mi madre tuvo que inscribirme, a regañadientes, en un colegio de monjas, lo cual no era de su agrado, puesto que quería otro tipo de formación para mí, pero no encontró plazas en otra escuela.

 

Al cabo de tres años, había una vacante en una escuela modernísima (niños y niñas juntos!) de ideas vanguardista y renovadoras.


Mi madre me apuntó, feliz, en el nuevo colegio, pero yo me pasé tres días llorando, echando de menos mis amigas.


Finalmente mi madre tuvo que claudicar, muy a su pesar, y volver a llevarme a la anticuada escuela de monjas en la que yo me sentía la mar de bien vete tu a saber por qué y echar al traste sus planes de convertirme en alguien de ideas progresistas e innovadoras.

 

Aún me lo echa en cara.

 

En mi escuela, impartían la saludable y práctica asignatura (¿cómo se escribe con ironía?) de "Mis labores".

 

"Mis labores" era pasarse una hora y media cosiendo.
Hubiera preferido un examen de Física cuántica.



Desastre total. No se por qué, en realidad. Quizás porque soy zurda (me obligaban a coser con la derecha a pesar de las muchas protestas de mi madre) y cuando por fin, después de una ardua batalla las monjas accedieron a que utilizara mi siniestra (lo cual en ese ámbito suena realmente mal) pudimos todos darnos cuenta de que la diferencia no era mucha.


Seguía siendo un desastre. Un desastre zurdo, pero un desastre al fin y al cabo.

 

Y no vale lo de decir "Todo es ponerse y concentrarse y cuestión de práctica"


Juro que he intentado coser un botón como mandan los cánones, pero después de dos puntadas, el botón, la aguja y hasta la misma prenda parecen cobrar vida y ya no hay manera de acertar.

 

Acabo de los nervios y como solución siempre decido que lo mejor es utilizar Loctite®, lo cual no deja de ser una chapuza monumental.

 

Hoy, planchando, reflexionaba sobre todo esto.


La inspiración puede presentarse de mil maneras diferentes y en situaciones de lo mas variopintas.

 

Planchar (cosa que hago terriblemente mal también, por cierto) me relaja. Qué curioso.

Y me da por filosofar. Hoy planchaba y me he dado cuenta de que plancho las arrugas .

Eso parece ser lo correcto, pero no lo es.


Pensadlo bien. Yo no aliso las arrugas, lo que hago es definir con asombrosa eficacia la arruga existente.


Bien marcada, bien visible. Y ¡listo!. Nadie puede decirme

 

 

"¿No has planchado estos pantalones?"

 


"Por supuesto que los he planchado, y ¡a conciencia! ¿no ves lo hermosas que me han quedado las arrugas?"

 

 

Y para muestra (y nunca mejor dicho) un botón.

  

  

Pero la filosofía es esta (¿pensabais que os ibais a librar?):



Planchar arrugas es una bonita y eficiente analogía de nuestras vidas.


¿Cuantas veces hemos querido planchar nuestros problemas, dejándolos impecables, lisos y hemos terminado con un engorroso problema marcadísimo en nuestras almas?

 

 

"Tengo que planchar esto, y tengo que hacerlo ¡ya!" Con prisas, impacientemente.

Mi problema encima de la tabla, la plancha apunto, a temperatura máxima. Fsss Fssss el vapor que no falte.



Y...¡listo!. Salgo a la calle, despreocupada, creyendo que mi problema ha quedado terso y pulido, llano...y sin embargo está mas arrugado que antes.



Tendré que volver a examinarme de "Mis Labores" un día de estos.

 

Asignatura pendiente...de un hilo.



 

IBEL

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Etiquetado en Buenos dias Comunidad

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